Una práctica: Voyant tools y una comedia del Siglo de Oro

Vamos a poner en práctica la herramienta de visualización Voyant Tools con el texto de una comedia del Siglo de Oro: Las academias de amor. Se trata de una comedia de género palatino compuesta por el dramaturgo sevillano Cristóbal de Morales Guerrero en la década de los 40 del XVII. La pieza dramatiza los vaivenes sentimentales de Estela, duquesa de Mantua, que se debate entre el amor de tres galanes, don Carlos de Moncada, el duque César Ursino y el príncipe de Astillano. Después de muchas peripecias, la protagonista se casa con don Carlos.

Para sacar el máximo rendimiento a la herramienta, hemos tenido que preparar previamente el texto que se sometería a análisis, según lo comentado en la entrada «Los datos masivos y la investigación sobre el teatro español del Siglo de Oro». Básicamente, son dos las acciones que hemos llevado a cabo: en primer lugar, hemos eliminado las acotaciones, que no forman parte del texto literario propiamente dicho; y en segundo lugar, hemos configurado Voyant Tools para que discrimine las voces más comunes del español que no aportan gran cosa a un trabajo de minería de datos, tales como los artículos, las preposiciones y algunos adverbios.

Voyant Tools pone a nuestra disposición una amplia gama de herramientas de minería y visualización de datos. Aquí solo vamos a presentar las que nos han resultado más interesantes.

Nube de palabras clave

Uno de los recursos de visualización más populares es la creación de una nube de palabras, en concreto aquellas más recurrentes del texto, cuyo tamaño varía en función de su frecuencia de uso. He aquí la correspondiente a las veinticinco palabras más usadas en Las academias de amor:Nube de palabras

Como se puede apreciar, los términos más empleados son amor, como no podía ser de otro modo en una comedia palatina, alma, ojos o sol, conceptos igualmente ligados simbólica o metafóricamente al universo erótico. Otras voces destacables son honor, favor, grandeza y duda, en el mismo universo, y los nombres o apelativos de los protagonistas: duque, Estela, duquesa, Carlos o Mantua.

Tendencias de uso

Otra de las posibilidades de Voyant Tools es la de crear un gráfico que muestra la evolución de las tendencias de uso de las palabras más frecuentes a lo largo de todo el texto. El que ofrecemos a continuación es el creado por defecto, que juega con las tendencias de las cinco voces más recurrentes: amor (azul), alma (añil), ojos (celeste), duque (gris) y sol (rosa):

La curva más interesante es la de amor, que muestra dos picos, uno al inicio y otro al final, coincidiendo aproximandamente con el planteamiento y el desenlace de la acción, dos momentos climácicos del argumento. Alma y ojos presentan una cierta regularidad, si bien la primera es más recurrente al principio y la segunda al final. Por su parte, duque (que alude tanto a un personaje como al título al que aspiran los tres pretendientes, duque de Mantua) y sol experimentan un auge al final de la obra, durante el desenlace.

Árbol de palabras

Indica los contextos más frecuentes en que aparece una determinada palabra mediante un esquema arbóreo. Se puede personalizar según diferentes niveles de complejidad, como, por ejemplo, el número de ramas. He aquí uno sencillo correspondiente al término amor:

Obstáculos y desafíos de las Humanidades Digitales

Es un hecho evidente que la pujanza de las Humanidades Digitales en el día a día universitario no deja de aumentar: cada vez son más los investigadores que se consideran humanistas digitales y tratan de reflejarlo en sus trabajos, las revistas y asociaciones especializadas en este tema ganan cada día mayor visibilidad e incluso poco a poco vemos implantarse la disciplina en algunos planes de estudio, tanto asignaturas concretas de grado como programas de máster (Gónzalez-Blanco García, 2013). En este sentido, no andaríamos muy desatinados al afirmar que las Humanidades Digitales no son ya «el próximo gran tema» («the next big thing») como las consideró Richard Grusin (2013), sino más bien un asunto presente y de latente actualidad.

No obstante, el panorama esbozado solo tiene validez si consideramos la expansión de las Humanidades Digitales desde una perspectiva monolítica. Si afinamos un poco más el análisis, nos daremos cuenta de que las afirmaciones anteriores son matizables y que existen grandes diferencias, en ocasiones abismales, entre tradiciones, países o incluso centros de estudio (Río Grande, 2014: 32); pensamos especialmente en lo que aún separa al ámbito anglosajón, donde las Digital Humanities parecen haberse establecido y triunfado, del mundo hispánico, en que más bien estamos asistiendo a un progresivo pero lento desarrollo de lo digital en lo humanístico (Fiormonte, 2014: 13-17).

Este es el punto de partida de la presente entrada, en que nos proponemos reflexionar brevemente sobre algunos de los obstáculos que las Humanidades Digitales deben superar. Nos centraremos solo en tres cuestiones, aunque estrechamente relacionadas: la definición de la disciplina, la formación de los investigadores y, a modo de síntesis, algunos de los desafíos que hay que afrontar.

La teoría: la delimitación del campo

Pese a lo ambicioso del título de este apartado, no es en absoluto nuestra intención ofrecer una definición pormenorizada de lo que son las Humanidades Digitales. Es este un asunto que ha hecho correr ríos de tinta durante décadas hasta el punto de que Fred Gibbs llegó a escribir que «If there are two things that academia doesn’t need, they are another book about Darwin and another blog post about defining the digital humanities» (2011); seguiremos, pues, sus recomendaciones y simplemente nos limitaremos a hacer referencia al sito web What Is Digital Humanities?, que ofrece una definición del campo cada vez que se recarga.

Lo que sí querríamos destacar a este propósito es que convendría superar la concepción puramente instrumentalista de las Humanidades Digitales, que aún predomina en ciertos círculos e investigadores. Es un aspecto sobre el que han llamado la atención prácticamente todos los especialistas en la materia, especialmente Alan Liu, que dedica un extenso y detallado artículo al problema, «Where is Cultural Criticism in the Digital Humanities?» (2012). En suma, lo que Liu y otros investigadores vienen a defender es que las Humanidades Digitales no pueden considerarse únicamente una serie de prácticas informáticas aplicadas a la investigación humanística y, por ello, subordinadas a estas; antes bien, deben desarrollar su propia reflexión epistemológica y metodológica como cualquier disciplina científica y plantearse las implicaciones de la labor de las humanidades desde el mundo digital (Fiormonte, 2014: 4-5; Gibbs, 2012; Río Grande, 2014: 34-35).

Esto es lo que hace, por ejemplo, Josh Honn, que en su trabajo titulado «Never neutral» (2013) plantea que las herramientas y métodos de las Humanidades Digitales nunca son neutrales en tanto que siempre implican una toma de posición o incluso están al servicio de los intereses de algún grupo de poder. Un caso paradigmático analizado por Honn es el de las licencias de los programas que se emplean en humanidades, cuyas restricciones de uso son reveladoras de la ideología a la que sirven. Esta y otras cuestiones deben tenerse en cuenta a la hora de abordar nuestro proyecto, indagando la trascendencia de la herramienta que pretendemos utilizar.

Igualmente interesante es la pregunta que lanza Alan Liu en el trabajo ya citado, «Where is Cultural Criticism in the Digital Humanities?» (2012). Lo que este investigador plantea es que las Humanidades Digitales tienen la necesidad de definir su papel y alcance en la sociedad actual: «How the digital humanities advances, channels, or resists today’s great postindustrial, neoliberal, corporate, and global flows of information-cum-capital is thus a question rarely heard in the digital humanities associations, conferences, journals, and projects with which I am familiar» (2012). No es este en ningún caso una cuestión baladí, especialmente en un mundo en que todo se valora —léase financia— en función de su utilidad, de su contribución al tejido productivo de la sociedad. Las Humanidades Digitales, pues, concluye Liu, no solo deben definirse, sino también hacerse accesibles al público en general, mostrando sus aportaciones y dando a conocer su valor, hecho que redundará muy positivamente en su desarrollo, prestigio y financiación.

La práctica: la preparación de los humanistas digitales

Sin embargo, para que este programa sea un hecho real es necesario que los investigadores estén suficiente y adecuadamente formados. Siguiendo con nuestra línea de pensamiento, no se trata únicamente de que conozcan las herramientas existentes para proyectos humanísticos o que incluso sepan programar —caso en que volveríamos a caer en esa tendencia instrumentalista—, sino de que adquieran conciencia de esos problemas epistemológicos antes aludidos y de que sean capaces de desarrollar un espíritu crítico desde y para las Humanidades Digitales.

La formación del humanista digital es otra de las cuestiones que preocupan en el seno de la comunidad y por ello es continuamente reivindicada en los trabajos que pretenden dar cuenta del estado de las Humanidad Digitales (Spiro, 2012; Fiormonte, 2014: 7-8). Es cierto que en el mundo anglosajón se ha avanzado mucho al respecto, pero en el ámbito hispánico aún queda un largo camino por recorrer. En este sentido, sería necesaria la revisión de los programas de grado y posgrado universitarios de las disciplinas humanísticas para asegurar la competencia de los futuros investigadores. Así, si, por ejemplo, en los planes de Filología Hispánica se contemplan asignaturas de historia de España, ¿por qué no incluir también alguna de Humanidades Digitales?; ¿por qué no, también, fomentar la implantación de dobles grados en Historia, Filología o Arte e Informática? Se trataría, en definitiva, de crear, por utilizar el término empleado por Christine L. Borgman, una ciberinfraestructura (2009), ya existente en los ámbitos académicos de las ciencias y poco desarrollada en los de las humanidades.

Conclusión: hacia el desarrollo de las Humanidades Digitales

Así pues, una formación de calidad y la toma de conciencia de la problemática que implica lo digital en la investigación humanística permitiría, a medio o largo plazo, ir superando algunos de los prejuicios y viejos tópicos que aún resisten cuando se trata de hablar o trabajar en Humanidades Digitales. El más grave y enconado es, a nuestro entender, la ya aludida concepción instrumentalista. En este sentido, encontramos bastantes investigadores que presumen de humanistas digitales por trabajar con programas de análisis de concordancias —quizá una de las herramientas más básicas y que cualquier investigador en humanidades, digital o no, sabe utilizar— o, aún peor, por mantener un blog sobre su campo de estudio. Obviamente, no queremos decir que tales actividades, especialmente la primera, no puedan adscribirse a la esfera de las Humanidades Digitales; pero, como queda explicado, si no se acompañan de una profundización teórica que lleve parejo un cuestionamiento epistemológico, poco o nada avanzaremos en el desarrollo y triunfo de nuestra disciplina.

En este sentido, también habría que tener en cuenta que muchas investigaciones consideradas como Humanidades Digitales no son más que un efecto de moda. Hablamos de aquellas que simplemente reproducen los quehaceres de las humanidades tradiciones con la única «novedad» de hacerlo en un entorno digital. Así, por ejemplo, el ya citado Joss Honn hace referencia a aquellas herramientas informáticas para proyectos de humanidades que se presentan como novedosas cuando en realidad solo hacen el mismo trabajo que un ser humano experto en la materia, como es el caso de algunos programas para la colación de textos (2013). Evidentemente, sí que hay una aportación, y es la precisión, automatización y comodidad, con un ahorro de tiempo y esfuerzo, que implica su uso; pero, como venimos diciendo, se requiere algo más para que el campo de las Humanidades Digitales se desarrolle adecuadamente, al mismo nivel que lo digital en otras disciplinas.

Otro caso notable, con el que vamos a terminar, es el de la edición electrónica. Efectivamente, la mayoría de los productos editoriales que se venden con esta etiqueta no son más que la trasposición en formato digital de una edición en papel, algo sobre lo que también ha llamado la atención Christine L. Borgman (2009). En el mejor de los casos, tales ediciones ofrecerán una serie de hipervínculos que enlacen sus contenidos con otros relacionados; en el peor, se tratará simplemente de la digitalización de la obra en papel. Es necesario, pues, repensar el trabajo editorial electrónico y desarrollar nuevos modelos que saquen el máximo provecho del potencial digital. Así pues, estas ediciones deberían ser objetos multimedia, con texto, imagen, vídeo, sonido y otras características, que no necesariamente tendrían que seguir el modelo de los libros en papel y que hagan de su lectura una experiencia innovadora y mucho más enriquecedora. Una propuesta interesante de este nuevo tipo de edición es la que hace Adam L. Penenberg en su artículo «The book as we know it is dead» (2012), en que, precisamente, señala que los avances tecnológicos no han supuesto una verdadera revolución en las prácticas editoriales, a diferencia de lo que ha sucedido en otros ámbitos, como la imagen o el sonido. Sin embargo, reconocemos que no es un tarea fácil y que se trata de uno de los grandes retos de la Humanidades Digitales: ¿cómo sería la estructura de ese nuevo producto?, ¿en qué formato se crearía?, ¿qué dispositivos lo soportarían?; y, por supuesto, siempre está la cuestión problemática de los derechos de autor, en tanto que dicha obra implicaría a otras muchas.

En definitiva, aún queda un largo y complicado camino por recorrer. No obstante, no hay que desanimarse por lo que aún falta por hacer, sino motivarse por lo que ya se ha realizado, teniéndolo como incentivo para seguir mejorando. Eso sí, hemos de ser nosotros, los humanistas, quienes trabajemos por el triunfo de las Humanidades Digitales. No podemos esperar que otros profesionales como informáticos o ingenieros lo hagan por nosotros (Borgman, 2009), aunque sí debemos colaborar con ellos: es la interdisciplinariedad y el trabajo en colaboración que caracteriza a este pujante campo de investigación.

Bibliografía

Borgman, Christine L. (2009): «The Digital Future is Now: A Call to Action for the Humanities». Digital Humanities Quarterly, 3.4.

Fiormonte, Domenico (2014): «Digital Humanities from a global perspective». Laboratorio dell’ISPF. Vol. XI.

Gibbs, Fred (2011): «Digital Humanities Definitions by Type». Fred Gibbs [web personal del autor].

— (2012): «Critical Discourse in Digital Humanities». Journal of Digital Humanities, 1.1.

González-Blanco García, Elena (2013): «Actualidad de las Humanidades Digitales y un ejemplo de ensamblaje poético en la red». Cuadernos Hispanoamericanos, 761, pp. 53-67.

Grosin, Richard (2013): «The Dark Side of the Digital Humanities. Part 2». Thinking C21. Center for 21st Century Studies.

Honn, Josh (2013): «Never neutral».

Liu, Alan (2012): «Where is Cultural Criticism in the Digital Humanities?». Gold, Matthew K.: Debates in the Digital Humanities. The University of Minnesota Press.

Penenberg, Adam L. (2012): «The book as we know it is dead». Pando.

Río Grande, Gimena del (2014): «¿De qué hablamos cuando hablamos de Humanidades Digitales?». I Jornadas Nacionales de Humanidades Digitales, pp. 31-41. Buenos Aires: Asociación Argentina de Humanidades Digitales.

Spiro, Lisa (2012): «This Is Why We Fight: Defining the Values of the Digital Humanities». Gold, Matthew K.: Debates in the Digital Humanities. The University of Minnesota Press.

Datos masivos e investigación sobre el teatro español del Siglo de Oro

Una de las cuestiones más candentes en el ámbito de las Humanidades Digitales es la investigación a partir de big data o datos masivos. Este concepto, puesto de moda a partir del trabajo de Franco Moretti Distant Reading (2013), ha sido definido de diferentes maneras: Lev Manovich, otro de los expertos en la materia, hace suya la definición de Wikipedia y habla de «data sets whose size is beyond the ability of commonly used software tools to capture, manage, and process […] within a tolerable elapsed time» (2011: 1); y Jordi Torres, por su parte, lo caracteriza en función de cuatro V: su volumen, su velocidad de crecimiento, su variedad y el valor que se debe extraer (2012: 22-23). Se trata, así pues, de manejar en nuestras investigaciones conjuntos masivos de datos con el objeto de obtener nuevas teorías y conclusiones.

En el ámbito de los estudios de literatura española, uno de los periodos más aptos de abordar de acuerdo con esta metodología es sin duda la producción teatral de los Siglos de Oro, que cuenta con un corpus ingente de textos, en su mayoría aún inexplorados y compuestos por decenas de autores diferentes, algunos del todo desconocidos. A pesar de que desde hace varias décadas la crítica presta cada vez más atención a muchos de esos dramaturgos olvidados, no es menos cierto que buena parte de los estudiosos siguen todavía centrándose solo en la dos o tres figuras sobresalientes del periodo, a saber, Lope de Vega, Calderón de la Barca y, en menor medida, Tirso de Molina. Se trataría, en palabras de Moretti, de obras y autores excepcionales (2004a: 1), de gran calidad e interés pero insuficientes para hacerse una idea completa y más cabal del fenómeno teatral áureo en su totalidad. Para ello, habría que volver la vista a esa otra «gran masa de hechos literarios». Es en este contexto donde entran en juego los datos masivos.

En este sentido, es quizá la periodización y evolución de las formas teatrales barrocas el aspecto que con más urgencia requeriría una revisión en esta línea. Un estudio cuantitativo a partir de un corpus de varios millares de obras permitiría quizá matizar o incluso refutar algunas de las afirmaciones que al respecto aún menudean en los manuales sobre teatro clásico, como la tradicional división de la Comedia nueva en dos ciclos, el lopesco y el calderoniano. Al igual que hace el citado Moretti en su serie de trabajos de 2004 sobre «Gráficos, mapas y árboles» o Matthew Wilkens en su artículo de Debates in the Digital Humanities (2012), se trataría de hallar un patrón abstracto del devenir del fenómeno teatral áureo, identificando diferentes ciclos en función de la creación, evolución y desaparición de los géneros teatrales (Moretti, 2004a: 69-70), indagando las causas de las diferencias del volumen de producción en cada momento y determinando qué poetas son los más prolíficos y en qué periodos. Estamos seguros de que el investigador se llevaría más de una sorpresa al respecto, descubriendo, por ejemplo, autores hasta entonces marginados pero con una producción amplia y digna de estudiarse en detalle —la combinación de la lectura distante con la atenta, algo sobre lo que tendremos ocasión de volver—.

No obstante, esta metodología cuenta con algunos problemas que no deben ignorarse a la hora de ponerla en práctica. Hay que tener en cuenta que no se trata de un trabajo mecánico, y que el juicio del investigador debe estar siempre presente para la correcta interpretación de los datos, que es un concepto muy distinto de la información (Moretti, 2004a: 64-65), evitando caer en la arbitrariedad que propician las series ingentes, algo de lo que ya previno Nassim  N. Taleb en su breve pero agudo trabajo «Beware with Big Errors of the “Big Data”» (2013). En este sentido, este investigador y otros como el mencionado Manovich (2011: 6-7) o Francesc Llorens (2013) han advertido de la importancia que conlleva que los datos manejados no sean espurios y estén debidamente tratados, pues, de lo contrario, el análisis arrojaría conclusiones falsas. En nuestro caso, contamos con el problema de las obras perdidas, que implicaría la no completitud de ese patrón abstracto. Además de esto, no podemos olvidar otro de los dramas del teatro español del Siglo de Oro: los problemas de autoría y aun de anonimia y la falta de una cronología exacta para muchas —la mayoría, diríamos nosotros— de las obras, especialmente esas caídas en el olvido que es necesario recuperar. En este sentido, hay que distinguir entre la fecha de edición de la pieza y la de composición y representación, diferencia que daría pie, al menos, a dos investigaciones cuantitativas: una sobre la producción de teatro y otra sobre la de su comercio editorial. Pero volviendo a la incertidumbre cronológica, una posible solución a esta situación sería la de trabajar a partir de corpus diferentes: uno de obras de cronología segura y otro de probable, en que la datación de las piezas no se llevaría a cabo en función de un año en concreto, sino de un periodo hipotético más o menos extenso; la forma de trabajar con cada uno de ellos y la naturaleza de las conclusiones variaría ostensiblemente.

Todas estas circunstancias hacen que sea más deseable la adopción de una metodología de trabajo mixta que aúne el análisis de datos masivos (lectura distante) y el estudio específico de piezas o conjuntos de estas, que no necesariamente tienen que ser las de los grandes nombres del siglo (lectura atenta). En efecto, a diferencia de lo que a veces se ha creído indebidamente, estos dos enfoques ni están enfrentados ni son excluyentes, sino que es necesario partir de la interacción de ambos para que los resultados de la investigación sean más afinados; es algo en lo que han insistido, precisamente, algunos de los paladines de la lectura distante como el ya citado Lev Manovich (2011: 7-10) o Matthew L. Jockers (2011). Gracias a los trabajos sobre autores y obras específicos, se podrían ir resolviendo poco a poco esos problemas de los que antes hablábamos (autorías dudosas, cronologías inexactas, descubrimiento de obras perdidas a las que se les lleva siguiendo la pista un tiempo…), incorporando esos avances a los conjuntos de datos masivos. Además, los matices que aportan esos trabajos concretos enriquecerían notablemente las posibilidades de estudio en el marco de una lectura distante: ya no se trataría solo de ver patrones de producción a lo largo de los dos siglos por los que se extiende la Edad de Oro o la evolución de los diferentes géneros, sino de analizar el devenir de aspectos concretos que nos conferirían una visión más cabal de los fenómenos. Una de esas cuestiones podría se la polimetría: estudiar cómo la versificación cambia a lo largo del tiempo, más allá de la simple afirmación de que el romance va ganando terreno a la redondilla. Otro de esos aspectos sería, por ejemplo, la segmentación dramática: ¿cómo evoluciona a lo largo del Siglo la manera como los autores estructuran sus tramas teatrales?, ¿hay una moda que depende de esos ciclos o, por el contrario, es solo cuestión de las preferencias técnicas de cada poeta? Igualmente interesante es el estudio del personaje: más allá del trabajo revelador pero limitado que Juana de José Prades realizó en 1963 a partir de las obras de cinco poetas y en que reducía el elenco de personajes de la Comedia a solo seis tipos, varios investigadores recientes han reivindicado la existencia de muchos sistemas que dependen del género y de la evolución temporal; en definitiva, un campo jugoso para ser tratado mediante la lectura distante. Y para terminar, aunque las posibilidades de estudios son ilimitadas, el trabajo de datos masivos permitiría también, mediante la búsqueda de concordancias, el estudio de las “poéticas” del teatro áureo, como la de la mirada, la comida, el dinero, etcétera; esto es, temas cruciales del periodo hasta ahora, las más de las veces, solo estudiados de forma parcial.

Sin embargo, una vez más, este enfoque contaría con algunas complicaciones que no podemos pasar por alto. Además de las reseñadas con anterioridad, que le afectan de forma similar, tenemos otra de las grandes cuestiones del teatro clásico: los problemas textuales, que se traducen en la duda de hasta qué punto el estado en que se han conservado los textos se corresponde con la forma como los concibieron sus autores. No es esta una cuestión baladí, porque si trabajamos con obras deturpadas, muchos de esos estudios tendrán una validez limitada. En este sentido, estudiosos como los ya citados Wilkens (2012) o Llorens (2013) han insistido en la necesidad de «limpiar» y formatear los datos previa y correctamente a fin de garantizar la veracidad de los análisis comparativos, lo cual se traduciría en nuestro caso en la realización de ediciones críticas fiables. Pero hay algo más en lo que insisten estos investigadores: la necesidad de un marcado semántico y estructural mínimo de los textos que permita la extracción de tales conclusiones. Se trataría, pues, de indicar en las obras los cambios métricos, una segmentación mínima (actos y cuadros), los personajes y las acotaciones, por ejemplo.

Obviamente, y he aquí otro de los grandes retos en el marco de la Humanidades Digitales, es esta una tarea que sobrepasa los límites de las capacidades no ya de un solo investigador, sino de un equipo, aunque esté formado por personas de diferentes centros. Es, así pues, un trabajo para ser abordado en un contexto supranacional e interdisciplinar. Afortunadamente, es un hecho en el que se ha avanzado muchísimo en los últimos años —ahí está, sin ir más lejos, el proyecto Consolider TC/12, que creó sinergias entre doce grupos de investigación de teatro clásico entre 2010 y 2015—, pero aún queda un largo camino por recorrer.

De estas circunstancias se deriva otro de los problemas con los que hay que contar: la pluralidad de enfoques metodológicos, a veces enfrentados entre sí. Si queremos que los resultados de nuestros análisis no se vuelvan inconsistentes, el trabajo con los datos masivos debe atenerse a unos criterios unificados, al menos a la hora de preparar y marcar los textos. Así pues, nos preguntamos: ¿obligarán las Humanidades Digitales a una mayor comprensión entre investigadores?, ¿se acabará empobreciendo el panorama metodológico?, o ¿serán posibles diferentes enfoques complementarios entre sí que lo enriquezcan aún más?

Sea como sea, lo que sí queda claro es la urgencia de la creación paulatina de una base de datos de textos mínimamente marcados que sirvan de punto de partida a estas tareas. Es cierto que ya existen algunas bastante buenas y completas, como TESO (Teatro Español del Siglo de Oro), el Portal de Teatro Clásico Español de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes o The Association for Hispanic Classical Theater —además de los textos que se puedan encontrar en Google Libros o Hathi Trust—; no obstante, cuentan con numerosas limitaciones: a la falta de muchas obras y de bastantes dramaturgos menores hay que unirle la ausencia de ese marcado del que ya hemos hablado. Un caso excepcional sería la colección Canon 60 del TC/12, que agrupa textos electrónicos a partir de ediciones autorizadas y en las que se han marcado precisamente algunos elementos como las acotaciones, los elencos o los actos; lamentablemente, como su nombre indica, es un corpus muy reducido: solo las sesenta obras consideradas canónicas del teatro áureo español.

Así pues, hay trabajo para mucho tiempo. Es una tarea inmensa que debe irse abordando poco a poco, en la que la inclusión de nuevos datos podrá servir para corroborar o matizar las conclusiones a las que ya se haya llegado (Wilkens, 2016). Es necesario, pues, formar a nuestros investigadores para este cometido y fomentar la colaboración entre ellos.

Bibliografía

Jockers, Matthew L. (2011): «On Distant Reading and Microanalysis». Matthew L. Jockers [web personal del autor].

José Prades, Juana de (1963): Teoría sobre los personajes de la comedia nueva, en cinco dramaturgos. Madrid: CSIC.

Llorens, Francesc (2013): «Google Ngram Viewer y la analítica cultural. ¿Pueden las herramientas de análisis algorítmico de la cultura confirmar hipótesis sobre hechos históricos?». Francescllorens.eu [web personal del autor].

Manovich, Lev (2011): «Trending: The Promises and the Challenges of Big Social Data». Manovich [web personal del autor].

Moretti, Franco (2004a): «Gráficos, mapas, árboles: modelos abstractos para la historia literaria I». New Left Review, 24, pp. 60-85.

— (2004b): «Gráficos, mapas, árboles: modelos abstractos para la historia literaria II». New Left Review, 26, pp. 47-70.

— (2004c): «Gráficos, mapas, árboles: modelos abstractos para la historia literaria III». New Left Review, 28, pp. 17-36.

— (2013): Distant Reading. London: Verso.

Taleb, Nassim N. (2013): «Beware the Big Errors of the “Big Data”». Wired.

Torres i Viñals, Jordi (2012): Del Cloud Computing al Big Data: Visión introductoria para jóvenes emprendedores. Barcelona: UOC.

Wilkens, Matthew (2012): «Canons, Close Reading, and the Evolution of Method». Gold, Matthew K.: Debates in the Digital Humanities. The University of Minnesota Press.

Presentación

Hola a todos. Mi nombre es Juan Manuel Carmona Tierno y soy doctor en Literatura Española por la Universidad de Sevilla, donde además he sido profesor. Actualmente, trabajo en varios proyectos de investigación sobre el teatro español de los Siglos de Oro.

La creación de este blog se debe a mi inscripción en el curso en línea de la UNED de Experto Profesional en Humanidades Digitales, como una herramienta para exponer mis ideas sobre algunas de las cuestiones tratadas en él. Por eso, a pesar de la apariencia de artículos de las entradas, no se esperen aquí disquisiones concienzudas y propias de un investigador especializado en esta disciplina, sino simplemente algunas reflexiones personales que el trabajo de los diferentes temas del curso y mi trayectoria académica personal me han inspirado.

Los invito, pues, a seguir leyendo. Muchas gracias por su atención.